Al rescate del equilibrio Trabajo – Familia

¿Cuántas horas vives en el trabajo y cuántas con tu familia?

Conforme se fue terminando la década de los 80 del siglo veinte, pasó que los hombres y mujeres con familia que mantener y trabajos que cuidar, se fueron quedando cada vez y más seguido, más tarde en el trabajo. Los nuevos tiempos, los mercados en crecimiento, el nacer de los mercados globales y competitivos.

La familia recibió el impacto. Más niños y niñas solos, más horas sin ver a Mamá y Papá.

En los 80, la familia recibió el impacto. Más niños y niñas solos, más horas sin ver a Mamá y Papá. Más horas frente a la tele, comiendo solos, yéndose a la cama sin despedirse de nadie, más dinero en el bolsillo. Un quiebre al ser de la familia como era. Pero la familia, supo sobrevivir, por necesidad instintiva o cultural, pero pasó la prueba, con cambios, pero pasó.

Humanos de todas las edades agotados emocionalmente y físicamente, sin ganas de hablarles a otros humanos, siempre prefiriendo divertirse a solas.

Quizás por las crisis económicas de los 90 y por la revolución intelectual del post modernismo, que propugnaba entre otras cosas la defensa del individuo como unidad fundamental de la sociedad, nació el boom de la Gestión del Talento como estrategia empresarial, allá por los noventa e inicios de los 2000. Pareció que se buscaba volver al cauce de hacer del espacio laboral algo que sin dejar de apostar por la productividad, a la vez cuidara del activo más importante de una organización: las personas.

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Eso hizo que se comenzara a plantear la importancia conceptual y luego práctica, de buscar el balance entre el esfuerzo laboral y la vida personal – familiar. Con el paso de los años de la primera década de los 2000, el concepto fue hacer foco en que los colaboradores fueran productivos, pero sin descuidar el pilar que los motiva y los renueva, es decir: su propia vida personal y familiar. Lentamente cada vez más y más empresas comenzaron a generar mecanismos inicialmente tímidos para que los colaboradores trabajaran e hicieran una autentica pausa laboral y se fueran con sus familias, a vivir. Entre tanto otras, comenzaron a implementar el famoso modelo de home – office o el de aminorar la carga de los viernes, antes habiendo impulsado el uso de ropa informal, para desestresar a los empleados, siempre obligados a usar uniformes y trajes corporativos. El balance trabajo –  familia, iba calando seguro y efectivo.

Empero, cuarenta años después, en 2020, se nos vino la Pandemia del COVID, y nuevamente las familias se vieron afectadas. Esta vez el trabajo, todo el trabajo, se metió por las ventanas virtuales de las computadoras y se instaló en salas, comedores de diarios, dormitorios, cocinas y hasta baños. La vida familiar cambió radicalmente. El ya amenazado equilibrio entre el espacio laboral y el espacio familiar por los trabajos de fin de semana, las desbordadas horas extras, los trabajos de 10, 12 o 14 horas y el monitoreo laboral online 24/7 de los jefes a sus colaboradores, incluso los fines de semana, se trastocó mucho más drásticamente. Los padres y madres se vieron absorbidos casi al 100% por su mundo laboral, sin salir de casa.

Nuevas generaciones de hijos se vieron «solos», de nuevo. Todos juntos en casa, cada uno solo con su pantalla. La incomunicación y el solipsismo funcional se convirtieron en norma, bajo la apariencia de responsabilidad, de cumplimiento del deber, del trabajo laboral o tarea escolar. El exceso de pantalla hecho crónico, gracias a la ciencia se fue sabiendo después que generaba ansiedad, seres estresados mental y emocionalmente, más bien depresivos, a la vez que más hostiles, pero también más temerosos de socializar en el mundo real.

Humanos de todas las edades agotados emocionalmente y físicamente, sin ganas de hablarles a otros humanos, siempre prefiriendo divertirse a solas. El exceso de culto a la gamificación y entretenimiento online 24/7.

Hoy, lo que tenemos es un mundo post pandemia, eufórico, entre inflacionario, convulsionado, embalado hacia una nueva competitividad empresarial, corporativa y global, a la vez que estresado por el revisionismo ideológico, que va de lo mediático a lo político irrestrictamente.

Y parece que ello fuera un tema macro ambiental, pero no lo es, puesto que sí afecta significativamente a la estructura familiar, nuevamente. Hay hoy en día una presión desmedida por el logro, por el éxito, por la productividad y la competitividad. Hay que ir “siempre por más”.  No hacerlo no es de emprendedor, se aleja uno del ideal del «ser líder». Fallar, errar, dudar, pareciera que no se puede. Aun cuando resulta que los éxitos nacen de la suma de errores aprendidos. Y todo esto tiene un voraz arrastre. Son horas incontables de trabajo. El día laboral termina tarde sí o sí, no hay otro modo. Miles de reuniones, online y presencial. Redes sociales y medios de comunicación en simultáneo, todos usados para el trabajo.

No se puede parar, porque el que piensa pierde. El que pestañea no ve lo que la competencia sí. Y la competitividad obliga a estudiar sin freno, y en tanto ya se acabaron las horas laborales, y se requieren horas lectivas para el estudio, las noches después de las 21 horas y hasta las 23, son secuestradas para estudiar, no solo entre semana, sino sábado y si es necesario u obligado, también domingo. La maquinaria del éxito personal, laboral, empresarial al 100% de su capacidad, que acorrala al espacio de lo familiar, de lo personal. Irónico que en el mundo empresarial se siga hablando del equilibrio trabajo – familia, cuando lo primero es la consigna, que da poca tregua.

Afortunadamente, las empresas que sí creen en la necesidad vital e imperiosa de defender ese balance siguen desarrollando espacios para que ese equilibrio persista. Pues no se trata de recuperar lo que había antes de la Pandemia, sino de favorecer que el, ante todo, ser humano que trabaja en la empresa siga estando sano de manera integral.

En mi experiencia como capacitador he visto a algunas empresas tomarse en serio este enfoque, desde una perspectiva conectada con el bienestar laboral y el impacto en la productividad, y creo que lo han hecho bien. En ese contexto, fueron algunas empresas pioneras las que me solicitaron, en plena Pandemia del COVID, generar espacios de capacitación online para ayudar a sus colaboradores a generar estrategias y prácticas para preservar el balance trabajo – familia.

¿Qué hacer para salvar el balance trabajo – familia?

  1. Aprender a saber hacer pausas,
  2. Saber separar los tiempos de trabajo de los tiempos de descanso y de la familia,
  3. Desarrollar capacidades para gestionar tiempo y trabajo,
  4. Desarrollar autoconciencia emocional para mantener el equilibrio frente al estrés y la presión,
  5. Fortalecer la inteligencia emocional para afrontar la frustración, el fracaso, la pérdida, la incertidumbre,
  6. Saber decir «no». No por aceptar todo trabajo, tarea, sin tiempo, ni medida, nos hace más empleables o mejores colaboradores.

Afortunadamente, las empresas que sí creen en la necesidad vital e imperiosa de defender ese balance siguen desarrollando espacios para que ese equilibrio persista.

Veo que estos básicos, pero esenciales recursos fueron cruciales para que los colaboradores de varias empresas pudieran proteger y preservar el balance trabajo – familia en plena crisis global. Y pienso que hoy en día, así como está planteado el mundo contemporáneo, se hace fundamental que las empresas debieran implementar talleres de capacitación que provean de  recursos de esta naturaleza a sus colaboradores, los que les faciliten la capacidad de preservar el equilibrio trabajo – familia. Porque algo que nos sigue y seguirá moviendo para lograr nuestros objetivos laborales son nuestras familias, nuestro motor y motivo. Sin la familia como inspiración, quizás somos menos o nada. Cuidar de nuestras familias, parejas e hijos a lo mejor es una poderosa forma de trascender.

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