Por: Lucía Oronoz Urroz.
Las emociones conforman tal vez unos de los tantos misterios del ser humano. Despiertan nuestra curiosidad, sobre todo, luego que comenzamos a relacionarnos mejor con ellas. Relacionarnos mejor con nuestras emociones implica reconocerlas, aceptarlas y entender la función que cumplen en nosotros.

Las emociones habitan en nosotros desde que existimos y no podemos evitarlas; podemos no expresarlas, ocultarlas, pero nunca dejamos de experimentarlas.
Comienzan siendo inconscientes, pues se presentan como destellos, producto de lo que pensamos frente a los estímulos de todas las vivencias.
Cuando no profundizamos en ellas no sabemos ponerles nombre y posiblemente nos limitamos a sentirnos «bien», «mal» o «más o menos», siendo que ninguna de estas expresiones representan una emoción como tal.
«Bien» puede representar orgullo, alegría, motivación, tranquilidad, inspiración, entre otras.
«Mal» puede representar tristeza, dolor, agobio, angustia, malhumor, furia, enojo, confusión, desmotivación, también entre otras.
Y «más o menos», puede ser la mezcla de ambos, dependiendo del momento y de cómo se alternen.
Cuanto más espacio damos a vivirlas, más importante es ponerles un nombre lo más cercano posible a lo que se siente. Ponerles un nombre es darles un reconocimiento y es así como generamos una mayor consciencia del impacto que ellas generan en nosotros y en los demás.
Los seres humanos somos capaces de experimentar más de 260 emociones diferentes.
¡260 emociones! ¡Qué abrumador!
Puede que tengamos emociones más gratificantes que otras, y que intentemos desterrar aquellas no tan agradables. Recuerda que todas están para algo, están haciendo su trabajo.
Pues no, cada una está vinculada a vivencias, situaciones e interpretaciones distintas, lo que quiere decir que las sentiremos en función a ello y no todas juntas. Y por supuesto, otras no las llegaremos a experimentar nunca.
Las emociones son algo tan natural como respirar, así que se merecen una identidad, por ello, de ahora en adelante intenta ponerle un nombre a lo que sientes, pensando la emoción.
Toda emoción provoca alguna reacción física, el corazón que se acelera, el puño que se cierra , el estómago se contrae, la boca que se relaja o ríe, ente otras.
Luego de ponerle nombre a lo que sientes intenta vincular cada emoción con tus reacciones físicas y conductuales; ésto te permitirá ir anticipando y hasta eligiendo como comportarte, como consecuencia de detectar tus emociones y elegir modificarlas si fuese necesario.
Las emociones son como los seres en el mundo, si existen es porque tienen una función.
El conocimiento emocional permite comprender que una emoción nos está dando un mensaje que necesitamos escuchar.
Puede que tengamos emociones más gratificantes que otras, y que intentemos desterrar aquellas no tan agradables. Recuerda que todas están para algo, están haciendo su trabajo.
Escúchalas, revisa el mensaje que traen, seguro te están alertando de algo, como lo hace el miedo que te intenta explicar acerca de los peligros, o la rabia, que te avisa que algo puede estar siendo injusto y necesitas poner límites, o la alegría, que viene a invitarte a compartir aquello que está sucediendo.
Las emociones son algo tan natural como respirar, así que se merecen una identidad, por ello, de ahora en adelante intenta ponerle un nombre a lo que sientes, pensando la emoción.
Ellas llegan a tener diferentes volúmenes o intensidades, por lo que la gestión emocional trata justamente de que la intensidad sea la adecuada y en proporción a la situación.
Por supuesto que existe la disfuncionalidad emocional, que en palabras simples significa que la emoción viene como consecuencia de algún pensamiento o interpretación que no necesariamente es real y que se vive en una intensidad elevada de más. Pero ésto lo dejaré para otra entrega, pues en esta ocasión se trata de invitarte a que recibas las emociones como parte de tu vida, tanto como respirar.



